Las personas ciegas y la inclusión educativa

Continuando con el tema de la educación, en este artículo me propongo exponer las experiencias vividas por las personas que realizaron exclusivamente sus estudios en el sistema ordinario, o sea que estudiaron en centros donde asistían personas que veían, durante toda su etapa educativa. Después publicaré otro con lo expresado por las que estuvieron en centros especiales para ciegos y finalizaré este tema con lo relatado por los que, por diferentes razones, experimentaron los dos sistemas.

A este primer grupo, pertenecen una totalidad de 18, que representan el 36% de las personas entrevistadas. Sus edades oscilaban entre los 18 y 45 años a la hora de realizar las entrevistas, 11 hombres y 7 mujeres.

A la pregunta de qué influencia ha tenido la ceguera a la hora de realizar tus estudios, la mayoría de los entrevistados consideraban que había tenido bastante, muchos expresaban el esfuerzo que les había supuesto, que consideraban era muy superior al resto de sus compañeros. Hubo una persona que comentaba: “Que la ceguera no había tenido influencia, porque, aunque obviamente tienes más dificultades, te acabas adaptando”, que es otra manera de verlo.

Los mayores esfuerzos que deben hacer las personas ciegas que estudian en centros ordinarios, lo ejemplifica muy bien las palabras de un hombre de unos 40 años: “La ceguera ha tenido mucha influencia, antes de ponerme a estudiar me tenía que ocupar de muchas cosas, el 40% lo tenía que invertir en cosas que los demás lo tenían nada más abrir el libro. me grababan mis hermanos los apuntes, que era más rápido que dárselo al profesor de apoyo, tenía que buscar muchos recursos y cada detalle te recordaba que eras diferente. siendo pequeño lo vives de otra manera, no tienes las herramientas. Ahora ha avanzado muchísimo, hay más medios”.

Muchas de sus consideraciones tenían que ver con las dificultades para adaptarse a un sistema, tanto en cuanto a materiales, como formas de enseñar, que no están pensados para personas con problemas de visión. Por ejemplo, algunos de los comentarios hechos por las personas cuando desarrollaban sus estudios de primaria o secundaria tienen que ver con la dificultad que encontraron para entender las matemáticas, la búsqueda de adaptaciones para realizar el dibujo técnico, problemas para practicar la educación física, a la hora de entender los mapas, la geometría o la ortografía. Incluso, a veces había algún profesor, que se empeñaba en que una asignatura no se podía adaptar.

Un chico reflexionaba: “A mí me costaba entender las matemáticas, yo lo achacaba a la ceguera, pero después he conocido a alguna persona ciega que es un fenómeno en matemáticas y he concluido que no me las supieron explicar o adaptar o incluso que yo era un poco vago”.

Una chica se lamentaba: “Influencia negativa si tuvo, al no estudiar en un colegio especial me tenían que adaptar todo. En el instituto muchas cosas me las adaptaba yo misma. Había cosas que me grababan mis compañeros. Me costaba más esfuerzo por la ceguera. Necesitas dedicarle más tiempo al estudio”.

Y otra concluía: “La ceguera al final tiene consecuencias en todo para bien y para mal. Las dificultades y los obstáculos que vas encontrando, te requieren esfuerzos y nuestras personalidades se van marcando con estas experiencias, si viese seguro que sería diferente”.

En tres casos, los cambios en la visión coincidieron con la etapa escolar, alguno incluso tuvo que dejar de ir a la escuela, requirieron adaptaciones como incorporaciones progresivas a clase o dividir un curso en dos años, aunque dos de ellos dijeron haberse sentido muy arropados por profesores y compañeros. Por ejemplo, una chica que perdió visión en varios momentos durante sus estudios primarios, hasta que la perdió totalmente, afirmaba que nunca había tenido estabilidad con tanto cambio y que esto le había afectado significativamente en diferentes áreas de su vida.

A estos problemas, se añaden otros a la hora de cursar estudios superiores, por ejemplo, qué estudios elegir, temor por encontrar barreras a la hora de buscar lugar para hacer prácticas o las dudas de si la ceguera supondrá una dificultad a la ora de un futuro desempeño laboral.

Algunos comentaron las dificultades para consultar bibliografía. Varias personas reconocen que les fue de ayuda tanto los servicios de transcripción de la ONCE como las oficinas de atención a las personas con discapacidad que se fueron poniendo en marcha en las universidades. En este sentido, en varias ocasiones me comentaron que la llegada de los ordenadores y de la tecnología en general, supuso una mejora en la realización de los estudios. Si bien un chico también se quejaba de que en la universidad donde había estudiado, el servicio que prestaba el Departamento de Atención a personas con discapacidad resultaba insuficiente porque debía atender a muchos alumnos y con muy diferentes necesidades.

Pero varios reconocieron que la ceguera había influido significativamente a la hora de elegir qué estudiar. Un chico de unos 30 años comentaba: “Me habría gustado ser profesor de matemáticas, en su día quedé el quinto de las olimpiadas de esta materia, me habría encantado, pero sé que siendo ciego es difícil, según son ahora los chavales se me habrían pitorreado. Me podría haber sacado la carrera y dar clase con un profesor auxiliar, pero no me parecía bien que el estado tuviera que poner otra persona”.

Una chica de unos 35 años me contaba: “Yo tenía claro que había maestros ciegos y que yo quería trabajar en esto. En la universidad me decían que no podría trabajar, que por qué había elegido eso. Yo no lo entendía y lo achacaba a su desconocimiento. Pero después ya empecé a pensar que iba a tener problemas y no me iban a querer contratar, y en realidad, es un poco lo que ha pasado después”.

Otra mujer de unos 40 años me contaba: empecé a estudiar psicología, me hubiese gustado estudiar magisterio, pero yo sabía que no era lo mejor, al ser ciega iba a tener muchas dificultades en la práctica. Al estudiar psicología creo que puedo hacer algo por los demás, devolver lo que el mundo me ha dado, creo que esto tiene que ver con lo de no ver, ayudar a los demás, igual que los demás me han ayudado a mí”.

Una mujer que se ha dedicado profesionalmente, a la música, me relataba: “Luché mucho para que me admitiesen en el conservatorio, no sabían como darme clase, yo aprendí básicamente de oído y ellos veían con malos ojos que no tuviese un aprendizaje sistemático, pero a mí me ha venido muy bien, empecé con la musicografía braille hace un año, antes yo aprendí lo básico para transcribirme mis partituras, no conocía muchos signos ni sabía lo que significaban”.

Un hombre de unos 45 años que se matriculó en informática se encontró con el rechazo de varios profesores que no entendía que hacía un ciego allí y le dijeron que él no podía estudiar aquello. Por supuesto abandonó y estuvo dos años sin estudiar. Después se volvió a matricular en otros estudios que completó, pero reflexionaba que algo así te puede llevar al desastre.

En cuanto a la relación con los compañeros, en general, la etapa más problemática, es la de primaria y los primeros cursos de secundaria. Parece que según se van cumpliendo años, las personas van desarrollando estrategias interpersonales que permiten salvar estas dificultades, al punto que, en el instituto, y más aún en los cursos de bachillerato y universidad han desaparecido prácticamente.

La mayoría de los entrevistados afirman haberse sentido solos en los años de escolarización, y muy especialmente en los recreos o en las actividades de ocio, sobre todo en las deportivas. Y bastantes de ellos, casi la mitad, manifiestan haber sufrido situaciones de acoso escolar. Algunos lo tienen normalizado, consideran que es bastante habitual, por no ver, simplemente por ser diferentes; unos pocos, lo achacan a su manera de ser, que les resulta difícil acercarse a otras personas y otros reconocen que les ha afectado posteriormente en su forma de ser e incluso en sus relaciones sociales. Por ejemplo, uno reconocía que llegó un momento en que dejó de esforzarse a la hora de relacionarse con los demás y otro que aceptaba que era una persona solitaria.

Aunque muchos hablaban de la soledad que habían sentido en su etapa educativa y las dificultades para relacionarse, por supuesto diferían en la manera en que les había afectado y como interpretaban estos hechos. También hacían comentarios sobre como el entorno respondía en estas circunstancias.

Una mujer que reconocía haber sido muy sobreprotegida por su madre, me contaba: “En los primeros años en la escuela me sentía muy sola, un bicho raro, me parecía que aquel no era mi sitio. No tenía relación con mis compañeros. me costaba la vida relacionarme, abrir la boca representaba un mundo para mí, ¿qué iba a pedir? ¿qué iba a decir? Al principio no conocía tampoco a nadie por la voz”.

Un chico de 20 años, lo naturalizaba diciendo: “La típica discriminación que hemos sufrido la gente de mi edad, discriminación por la discapacidad, pasar de ti, no hacerte caso, que los profes te pusieran en un grupo porque nadie quería ir contigo, quizá los compañeros pensaban que podía ser un esfuerzo para ellos y no querían cargar con el paquete. Los profes lo veían y casi nadie hacía nada”.

Otro chico cercano a la treintena lo contaba así: “Al principio se metían conmigo, me vacilaban, me hacían putadillas como ponerme obstáculos, jugaba al pilla pilla y no estaba en las mismas condiciones, no podía jugar al fútbol con ellos y me sentía un poco apartado. La profe tuvo que determinar un compañero cada día para estar conmigo, no sé si fue muy integrador, pero sirvió. Después iba más a mi rollo, o me iba con las chicas que les gustaba más hablar, y si no podía jugar al fútbol pues comía pipas. De pequeño lo pasé peor, pero eran niñerías, después encontré mucho apoyo”.

Una mujer que se encontraba en la treintena se expresaba así: en el patio o me quedaba sola o jugaba con niños más pequeños, jugaba con dos niñas más pequeñas que tenían discapacidad motora, ellas andaban con andadores y tampoco podían correr, las de su clase jugaban con ellas y entonces yo me unía al grupo. En cuanto a los profesores, a uno se le ocurrió la gran idea de hacer una lista y cada día, le tocaba a dos jugar conmigo, pues imagínate las ganas que tenían ellos y las que tenía yo, había algunos que bien, aceptable, pero otros no”.

Una mujer de unos 25 años reconocía que no tuvo amigos durante su etapa escolar, pero lo achacaba a que es una persona muy reservada, mientras un hombre de su misma edad se lamentaba así: “No me sentía bien conmigo mismo, nunca me he llegado a sentir bien conmigo mismo. Había gente que me hacía caso, poca gente, me dediqué a alejarlos porque no eran los más populares, yo lo que quería era popularidad, no quería ser el centro, pero quería estar con los más famosos. En segundo de la ESO iba solo, en tercero iba con unas chicas que estaban en cuarto, creo que más bien lo hacían por no verme solo, al principio lo hacían más por pena, después me buscaban, me esperaban, creo que al final me cogieron cariño”.

Otra mujer relataba: “Recuerdo que en los recreos no jugaban conmigo, incluso me molestaban. En la clase, apretaban los botones de la máquina de escribir Perkins, ponían una hoja de papel y escribían o tiraban lápices y gomas dentro de ella y se atascaba, mi profesora se la tenía que llevar y yo tenía que coger la de casa. Cuando la traían reparada, arriba enganchaban lo que habían encontrado dentro, la tutora un año lo enseñó y habló de ello en clase”.

Pero sí había personas que identificaban, con mayor o menor conciencia, comportamiento de bullying, en algunos compañeros y en alguna época de su etapa escolar.

Un chico que se encontraba en la veintena decía: “Los compañeros bueno, había de todo, algunos que se burlaban, otros que me arrastraban por el suelo, una vez iba subiendo las escaleras y me bajaron los pantalones, cuando era pequeño no era tan tímido, pero al final la vida tantas hostias te da que te vas retrayendo. Realmente no he tenido amigos, me ha resultado muy difícil”.

Una chica que tenía 18 años y que había tenido varios momentos de pérdida visual durante su escolarización, me decía que le contó a su madre cuando empezaron a acosarla, pero los profesores la responsabilizaban a ella porque decían que era muy callada, que no se relacionaba, y como su madre no tenía ese conocimiento no la podía defender. Respecto a los profesores de apoyo comentaba que hacían charlas en clase, pero que no iban más allá.

Un chico de unos 30 años comentaba: “Visto desde ahora, me siento víctima de acoso escolar. Mis compañeros me hacían bromas, me daban collejas, me cambiaban las cosas de sitio, me soplaban en la nuca o venían y pulsaban las teclas del ordenador. Como yo no los veía venir me daba mucha rabia, mi respuesta era desmedida, les pegaba, les insultaba, con lo que la situación fue empeorando. A veces salía llorando del colegio, mis padres lo pasaban muy mal, casi peor que yo. Los profesores me echaban la culpa, decían que yo era muy agresivo, muy conflictivo; le decían a mis padres que no me cambiasen de centro, que eran cosas de chicos, que yo admitía muy mal las bromas, que tenía que aprender a encajar como uno más y que no era especial. No quisieron reconocer lo que estaba pasando, minimizaban, me mandaron al psicólogo, me dio pautas, cuando las apliqué funcionaron, pero después dejaron de funcionar. No me sentí comprendido, yo tampoco sabía expresarlo, sentí mucha impotencia. Por los profesores me sentí abandonado, por los alumnos muy mal tratado. Considero que fue un fallo generalizado del sistema”.

Otra persona que sufrió bullying reflexionaba: “Me sentí fatal, muy desprotegido, soy cortado, me cuesta socializar, si no hubiese vivido esa mala época no sé como sería, creo que ha influido en mi desarrollo personal. Lo que sí me ha servido es para empatizar más con la gente que sufre, con la que lo pasa mal”.

Una chica que había perdido la visión cuando cursaba los primeros años de secundaria, contaba que le habían dejado una carta para su cumpleaños deseándola que ojalá nunca recuperase la vista. Pero ella lo contó a los profesores y la dirección del centro, y aunque nunca se supo quien había sido, logró que el acoso no fuese a más y su situación mejoró.

También hay personas que tienen buenos recuerdos en cuanto a la relación con los compañeros. Un chico que ya de pequeño jugaba con los niños del barrio, comentaba que para él la escuela había sido una extensión de la buena relación que tenía en la calle.

Un hombre que se encontraba en la treintena lo contaba así: “Fui un niño querido en el colegio, no fui el bicho raro, quizá tener un carácter concreto también ayuda, yo fui abierto, no me sentí cohibido por la ceguera, nunca tuve problemas, había el típico gilipollas que te decía cuatro cosas pero había otros que le respondían, tenía el entorno a mi favor. Cuando eres adolescente cada uno va a la suya, todo el mundo quiere ser normal y el tener una diferencia no ayuda, ahí si recuerdo que tenía compañeros que estaban conmigo, pero también de quedarme en clase en los recreos, leyendo o programando, me sentía a gusto haciéndolo, a lo mejor si no hubiese tenido esos hobbies me hubiese sentido más aislado”.

En general, parece que en el instituto se dan mejores experiencias y muchos lo relacionan con la maduración personal, tanto de uno mismo como de los otros. Un chico que perdió la vista durante la adolescencia por un proceso de enfermedad decía: “Tuve mucha suerte con los compañeros, me sentí muy arropado, en cuanto necesitaba algo enseguida estaban allí. Me pasaban los apuntes. En clase utilizaba una telelupa cuando todavía tenía un resto visual, una vez me robaron la pantalla, el colegio se movilizó y me fabricaron un mueble para guardarla. Me mimaron mucho”.

Una mujer que tenía buen recuerdo de las relaciones con sus compañeras contaba así sus experiencias: “En el colegio de primaria al que fui solo había niñas y eso fue un inconveniente, yo tenía hasta pesadillas con los chicos. Cuando salía de la escuela e iba con mis compañeras y empezamos a jugar con niños yo era un bicho raro, la cieguita, pero para ellas ya no era rara, lo sería al principio, pero después ya no. Aunque me quedara algunos ratos sin jugar no pasaba nada. Yo me llevaba muy bien con la líder del grupo, jugábamos a correr y me llevaba con ella, aunque me pillaran a mí a ella no la cogían, cuando había que elegir ella me elegía, aunque me cogieran y me eliminaran. Yo creo que nuestro recuerdo como ciegos es quedarnos sentados en algún recreo o en alguna fiesta, es inevitable, por mucho que te quisiera una amiga no podía estar pendiente de ti todo el tiempo, ni debía”.

En cuanto a la relación con los profesores, en general, las personas entrevistadas guardan mejores recuerdos que con los compañeros. Por supuesto, existen excepciones y en todas las etapas varios se han encontrado con trabas y ciertas discriminaciones con determinados profesionales. Por ejemplo, mientras uno valoraba que alguno de sus profesores había aprendido Braille, varios se quejaban de que había tenido que enseñar a alguno en el sentido de como hacer determinadas cosas. En este aspecto, otra persona reflexionaba, que había notado mejor atención en los profesionales que habían asistido a charlas de sensibilización de como atender a los alumnos con ceguera. Otro comentaba, que era necesario que la ONCE hiciese más campañas de divulgación para erradicar los estereotipos que todavía quedan en la sociedad sobre la ceguera.

Como caso extremo, un chico que se encontraba en la veintena, contaba: “Cuando entré en primaria tuve una especie de infierno con una profesora, sufrí maltrato físico y psicológico. Estuve cuatro años con ella, me quería coger de alumno porque decía que estaba adaptada a mí. No me atrevía a preguntar en clase, tenía miedo a los profesores, hasta cierto punto ese temor todavía existe. Yo lo contaba en casa, mi madre se enfrentó a ella pero no se arregló nada. Debía estar mal de la cabeza. Bastantes años después fue mi catequista para la confirmación, al verla rezar yo pensaba que era una hipócrita”.

Varios comentaron que el papel del profesor de apoyo había sido fundamental para ellos. Por ejemplo, un hombre que empezó a ir a la escuela de su barrio en los principios de la inclusión educativa, comentaba que la dirección del centro había sido muy reticente y que en cuanto aparecía alguna dificultad, los profesores aconsejaban que fuese al centro escolar de la ONCE, pero que gracias al trabajo y compromiso del profesor de apoyo, al que su madre tenía gran reconocimiento, consiguió continuar en su entorno.

Una mujer contaba: “En cuanto a los profesores había alguno que no me quería en primaria, tenían miedo, decían que por qué no iba a la ONCE. También hubo una que no quería que llevase la Perkins a clase y me tuvieron que comprar otra que hacía menos ruido. Pero también hubo algunos que se volcaron bastante conmigo, se quedaban más rato después de clase, ya que por ejemplo me costaba mucho orientarme en un mapa y aprendérmelo o me ayudaban con la goma de dibujar”.

Un hombre hablando de las dificultades que le pusieron algunos profesores, lo ejemplificaba así: “Si fue en empresariales, cuando yo casi tenía 30 años y una tipa no me quería dejar las transparencias que ponía en clase, fui al decano y ella me tuvo que pedir perdón. Ante estas injusticias tienes que tener firmeza personal para enfrentarte y reivindicar tus derechos”.

Una mujer comentaba: “Tengo buen recuerdo de los profesores, no había dificultad que no pudiésemos resolver. Fui al instituto de mi pueblo y fue la época más bonita de mi vida, hicimos de todo, recitales, teatros, conciertos, viajes. Teníamos un grupo que nos querían mucho los profesores, éramos muy activos, inquietos y muy críticos”.

Una chica que perdió la vista en un accidente cuando se encontraba cursando la ESO, recordaba con agrado que su tutora había ido al hospital a visitarla y que cuando se incorporó a clase los profesores la apoyaron e hicieron todas las adaptaciones que necesitó para seguir con los estudios. Sin embargo, otra que se quedó ciega durante la primaria no se sintió comprendida ni entendida en sus necesidades por los que le daban clase.

Un chico joven comentaba que en primaria algún profesor, por desconocimiento, no sabía como resolver algunas cuestiones, pero una vez solventadas, hasta les había gustado la experiencia de tener un alumno con ceguera por lo mucho que habían aprendido.

En definitiva, que como es lógico, las experiencias relatadas por las personas que han realizado los estudios en el sistema educativo ordinario son muy diversas, no sólo por lo vivido, si no también por la manera de afrontarlo y de interpretarlo tanto en el momento en que ocurren como posteriormente al recordarlo. Pero, en lo que todos coinciden, es que supuso un gran esfuerzo para ellos, muy superior al que tuvieron que hacer sus compañeros, al encontrarse en un entorno diseñado para un estudiante estándar. En realidad, la constatación de esa diferencia es vivida como negativa y supone la anticipación, al menos, como una situación de desventaja, así que, en muchas ocasiones, cuando se presentan los perjuicios, hasta se llegan a normalizar y justificar.

Personalmente, me llamó la atención el número de personas que me contaron las situaciones de acoso que habían vivido, pero todavía más me sorprendió, la poca comprensión y apoyo, que en general, habían encontrado en su entorno, sobre todo en los profesionales e instituciones que tendrían que haberlos protegido, y sin embargo a veces hasta les responsabilizaban de lo ocurrido, consiguiendo así una revictimización de los afectados. Desconozco hasta que punto estas situaciones se dan en la población general, y no se deben tanto a la ceguera, simplemente quiero dejar constancia de lo que las personas entrevistadas me contaron.

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