Este artículo ha sido publicado por Sara Jiménez Laredo en Facebook hace un par de días. Lo traigo aquí, primero porque me ha llamado poderosamente la atención, pero sobre todo porque me parece indignante y me gustaría contribuir a su difusión. Por supuesto, lo hago con la autorización de su autora.
Os comparto un artículo que he escrito contando mi lucha laboral. Esta es la realidad amigos:
La tasa de la invisibilidad: ¿Por qué pago de mi sueldo para poder trabajar?
Soy ciega total y trabajo como orientadora en un instituto público. Mi labor consiste en guiar, detectar dificultades y recordar a mis alumnos que, con esfuerzo, no hay barreras infranqueables.
Eso es lo que les digo cada mañana. Sin embargo, cuando suena el timbre y entro en mi despacho, me enfrento a una realidad que me desmiente: el mismo sistema que me exige motivarles es el que a mí me asfixia.
Mi trayectoria es el resultado de una carrera de obstáculos que gané a base de voluntad: dos carreras, tres másteres y una oposición en la que obtuve una de las notas más altas de mi tribunal. No pedí privilegios; pedí una oportunidad y demostré que era de las mejores. La Administración me facilitó los recursos para examinarme, pero una vez lograda mi plaza, la puerta que se abrió con tanto esfuerzo parece haber dado a un cuarto oscuro.
Para que yo pueda emitir un diagnóstico que marcará el futuro de un niño, necesito precisión absoluta. Hay pruebas psicométricas que requieren «ojos físicos» para observar gestos y reacciones visuales del alumno. Por otro lado, la Administración me obliga a enfrentarme a documentos que no están diseñados para ser rellenados digitalmente; una ironía tecnológica que me obliga a depender de alguien que escriba a mano sobre un papel lo que yo ya tengo perfectamente redactado en mi mente.
Pero mi labor no termina en el despacho. Como profesora que imparte materia, me enfrento al reto del aula: para vigilar un examen o corregir los trabajos de mis alumnos, necesito ese apoyo visual que el sistema me niega. Son tareas puramente físicas. Mi capacidad intelectual está intacta y mi vocación desborda, pero mis manos están atadas. Solo necesito 10 horas de apoyo a la semana. Diez horas para que mi profesionalidad rinda al 100%.
Durante años, la ONCE palió esta carencia con una ayuda económica. Hace dos años, decidieron que la responsabilidad era de la Administración y retiraron el apoyo. Al irse ellos, me dejaron en el vacío absoluto. No me rendí: revisando normativas, logré que se me concediera la figura del asistente personal a través de la Ley de Dependencia. Sin embargo, tras meses de burocracia, la ayuda es tan ínfima que apenas cubre la mitad de las horas que necesito.
La solución que he encontrado es tan heroica como injusta: pago de mi propio sueldo la diferencia para completar las horas de esa persona.
Cada mes, cuando mis compañeros reciben su nómina completa, yo veo cómo la mía mengua para costear lo que la Administración me niega. Es una «tasa por discapacidad» cruel: estoy pagando por el derecho a ejercer la plaza que me gané por méritos propios. Siento una mezcla de rabia e impotencia; es el dolor de ver cómo el sistema te invita a entrar pero te cobra una «entrada de lujo» cada mes para que puedas quedarte.
Escribo esto porque no puedo más. Porque mis alumnos merecen una orientadora y una profesora que no esté agotada de luchar contra la administración que debería apoyarla. No pido concesiones ni favores especiales; pido justicia, accesibilidad y respeto a mi condición de trabajadora. No es aceptable que la inclusión sea solo un titular bonito mientras, en la práctica, mi derecho al trabajo digno me cueste dinero.
No busco compasión, busco coherencia. Si la Administración se enorgullece de tener profesionales preparados y diversos, debe estar a la altura de las necesidades que esa diversidad conlleva. Seguiré pagando por trabajar mientras no me quede otra opción, porque mi compromiso con mis alumnos es inquebrantable; pero no dejaré de alzar la voz hasta que el sistema, por fin, abra los ojos ante la ceguera de sus propias leyes. Porque la verdadera discapacidad no es no ver, sino mirar hacia otro lado cuando la justicia es tan clara.